Penumbras del ser, 2025
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Hormigón y metal.
37 x 44 x 27 cm.

De lo residual a lo esencial, la materia como espacio de tránsito

Penumbras del ser es una escultura construida a partir de hormigón y alambre que se adentra en aquellos territorios íntimos que solemos evitar: los miedos, los traumas y los aspectos de la personalidad que no nos resultan cómodos. La obra no se detiene en una mirada pesimista sobre la existencia, sino que propone una reflexión profunda sobre la posibilidad de transformación que habita en toda experiencia dolorosa.

Las penumbras a las que alude el título no son entendidas como un espacio negativo, sino lugares de tránsito. Aquello que duele, que incomoda o que pesa, puede convertirse —si es asumido y transformado— en un motor de crecimiento personal. Al desactivar el “veneno” que estas experiencias contienen, se abren procesos de aprendizaje que nos vuelven más sensibles, más conscientes y, sobre todo, más empáticos frente al sufrimiento ajeno.

Estos conceptos, contenido en la obra, se transmiten principalmente a través de la elección y el tratamiento de los materiales que la conforman. El hormigón fragmentado y el alambre oxidado, elementos asociados al desecho, a lo residual y a lo descartado, recuperan aquí una nueva vida. Lo que antes pertenecía a la basura se resignifica como forma artística, del mismo modo que nuestros dolores y sombras pueden transformarse en luz dentro de un proceso de humanización.

Así, Penumbras del ser plantea una metáfora material y emocional: la posibilidad de que aquello que ha sido roto, herido o relegado encuentre un nuevo sentido.

Deshacer la razón, 2025
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Hormigón, metal, papel y luz.
Medidas variables (25 x 600 x 350 cm aprox).

La intuición como forma de pensamiento

La instalación escultórica «Deshacer la razón» propone una reflexión abierta sobre el papel que ocupa la razón en la creación artística y, por extensión, en las distintas esferas de la vida. La obra parte de una pregunta esencial: ¿desde dónde se genera el conocimiento?

La práctica artística está atravesada por una dicotomía: crear desde lo conceptual o hacerlo desde lo sensible; desde la idea o desde la intuición.

“Deshacer la razón” no plantea una negación de la razón como forma de conocimiento, sino un cuestionamiento de su hegemonía. La razón aparece aquí como una herramienta válida, pero no suficiente; como un modo de aproximación que no siempre alcanza a responder a las preguntas profundas de la experiencia humana. Frente a ella, las emociones y, sobre todo, la intuición emergen como otras formas de conocimiento, quizá más próximas a la sabiduría, capaces de acceder a zonas que escapan a la lógica discursiva.

La vida y la creación artística se entienden como un campo de fuerzas en tensión, donde cuerpo, percepción, materia, biografía y pensamiento se afectan mutuamente. Una zona de fricción fértil, donde no se ofrecen respuestas cerradas.

Más que elegir entre razón o intuición, la obra propone hacerlas dialogar. Es en ese diálogo —inestable, abierto y necesariamente incompleto— donde la práctica artística encuentra su fuerza más profunda.

Acoger las sombras, abrazar las heridas, 2024
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Hormigón, metal y vidrio.
4 piezas de 31 x 24 x 31 cm.

Abrazar las sombras

La obra Acoger las sombras, abrazar las heridas nos sumerge en un diálogo entre la dureza del pasado y la posibilidad de sanación. Cuatro estructuras de hormigón emergen como vestigios de una historia silenciada: los traumas que nos conforman, las heridas que nos acompañan desde la infancia. Su presencia es un recordatorio de lo que a menudo ocultamos en lo más profundo de nuestro ser.

Entre estas formas de aparente rudeza, se esconde un elemento de fragilidad: un pequeño fragmento de vidrio. Su brillo sutil, casi efímero, nos habla de lo que permanece intacto dentro de cada ser humano. Símbolo de la esencia luminosa que todos portamos, nos recuerda que la regeneración es posible, que toda herida puede ser abrazada y transformada.

La obra interpela al espectador desde su propia experiencia emocional, proponiendo un recorrido introspectivo en el que el hormigón no solo es peso y encierro, sino también refugio; donde la dureza del material dialoga con la transparencia del vidrio, y donde lo que fue trauma puede convertirse en espacio de reconciliación. Es una invitación a mirar hacia dentro, a reconocernos y, sobre todo, a descubrir la luz que nos atraviesa y nos devuelve la posibilidad de sanar.

Nadie nos enseña a morir, tampoco a vivir, 2024
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Hormigón, yeso, luz y sonido.
Medidas variables (130 x 200 x 400 cms aprox).

Nadie nos enseña

La instalación artística «Nadie nos enseña a morir, tampoco a vivir» nos invita a reflexionar sobre los aspectos fundamentales de nuestra existencia: la vida y la muerte, la materia y el espíritu, lo tangible y lo intangible. 

En esta obra, un gran vaso de hormigón se erige como un contenedor, simbólico de la condición humana. Su presencia robusta, marcada por grietas, manchas e imperfecciones, es un reflejo de la vida misma, de las cicatrices y huellas que nos dejan las dificultades, traumas y complejos que todos arrastramos. Estas imperfecciones no son errores, sino testimonios de lo vivido, de la fragilidad y la transitoriedad del ser. En su interior, se encuentra un espacio vacío, inmaculado, que nos habla de la esencia pura y luminosa, que es inmutable, y que reside en lo más profundo de cada individuo, más allá de las limitaciones. 

Las siete piedras que acompañan la obra, dispuestas a su alrededor, hacen alusión a la parte racional del hombre, aquella que, en ocasiones, limita o estructura nuestra percepción espiritual. Estas piedras, representaciones de la lógica y el control, en su rigidez pueden obstaculizar el acceso a la comprensión profunda e intuitiva de nuestra propia existencia. También nos recuerdan que la racionalidad no es incompatible con la espiritualidad, sino que el camino es la integración de ambos aspectos del ser.

A través de esta dualidad, la instalación nos invita a cuestionarnos cómo habitamos nuestros propios cuerpos y nuestras psique, cómo nos relacionamos con lo efímero de nuestra existencia y cómo, a pesar de las heridas, siempre tenemos la posibilidad de sanarnos.

 


Ser vulnerable

Un vaso, en su esencia, puede contener vida y muerte: acontecer útero y urna funeraria. La vida y la muerte, lo natural y lo artificial, lo material y lo espiritual, la luz y la sombra, la felicidad y el dolor se disuelven en una única entidad. 

La obra nos invita a reflexionar sobre la vulnerabilidad, es decir, la capacidad de mostrarnos en nuestra máxima fragilidad. Ser vulnerable es una virtud, un acto de valentía que nos permite crecer y mostrarnos humanos. 

La aceptación de nuestras imperfecciones nos conduce a la sabiduría y nos permite fluir con la vida sin resistencias.

Ya me habitaban, 2023
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Hormigón, yeso, luz y sonido.
Medidas variables (25 x 500 x 650 cm aprox).

Ya me habitaban

La instalación escultórica está formada por 53 recipientes que se articulan a modo de paisaje simbólico de la condición humana. De un modo conjunto, todos estos vasos aluden a la experiencia vital de cada individuo.

Los recipientes, con sus exteriores rugosos, imperfectos y marcados por deformaciones, evocan la fragilidad de lo humano. Estas superficies irregulares hablan del error, del trauma, del desgaste, pero también del carácter único e irrepetible de cada ser. Hacen referencia a las múltiples experiencias vividas y a las huellas que éstas dejan en nosotros.

En contraste, el interior blanco, pulido y suave nos remite a la dimensión más profunda y esencial del ser. Es en ese espacio íntimo y oculto donde habita lo que realmente somos.

El título, YA ME HABITABAN, nos habla de cómo todas las experiencias vividas van dejando huella en nosotro, al tiempo que condicionan nuestras decisiones presentes, tanto si han supuesto la configuración de un trauma como el enriquecimiento de un aprendizaje vital. La obra nos invita a reflexionar sobre cómo habitamos el mundo y, sobre todo, cómo nos habitamos a nosotros mismos.

Lo que transcurre entre un pensamiento y otro, 2023
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Hormigón, yeso, luz y sonido.
Medidas variables (40 x 800 x 1000 cm aprox).

Entre un pensamiento y otro

Esta obra, de carácter instalativo, nos invita a reflexionar sobre la relación entre pensamiento, intuición y espiritualidad. Lo que transcurre entre un pensamiento y otro nos enfrenta a los procesos mentales y al vacío que los separa, instándonos a prestar atención a aquello que ocurre en esos intervalos: la propia vida.

El elemento protagonista, la piedra, se presentan como una metáfora de los pensamientos, hablándonos de lo concreto, lo racional, aquello que nuestra mente estructura y define. Sin embargo, es en el espacio entre ellas donde se revela lo intangible: la intuición, la sensibilidad, la dimensión espiritual del ser humano. Ese vacío, lejos de ser ausencia, es un territorio fértil donde florece la conexión con lo esencial y la posibilidad de trascender lo puramente racional.

La pieza se completa con la presencia de pequeños cuencos, que pueden leerse como una metáfora del ser humano: recipientes vacíos capaces de recibir la trascendencia. Su oquedad simboliza la apertura a lo desconocido, la disposición a acoger lo intuitivo y lo sagrado. En contraste con las piedras, que evocan lo denso y definido, los cuencos nos recuerdan nuestra capacidad de ser receptivos, de dejarnos llenar por aquello que escapa a la razón.

En una sociedad que privilegia lo racional en detrimento de lo intuitivo, la instalación se erige como una llamada a recuperar la conexión con las emociones y el hemisferio derecho del cerebro, recordándonos que la racionalidad llevada al extremo puede deshumanizarnos. Nos habla de nuestra dimensión espiritual, de la necesidad de reconectar con la sensibilidad, la contemplación y la profundidad del ser. Nos invita a recuperar el equilibrio entre la mente, el cuerpo y el alma.

A los que ya no puedo ignorar, 2022
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Hormigón, yeso, metal, pelusa y vidrio.
52 x 40 x 38 cm.

Lo que habita en la fragilidad

A los que ya no puedo ignorar es una pieza que nos confronta con las profundidades del ser humano, revelando los límites, traumas y conflictos internos que configuran nuestra identidad.

En ella se combina una estructura de hormigón que nos recuerda a colectores –fríos, cilíndricos y funcionales– con una malla metálica, acompañada de una gran pelusa y dos viejos fragmentos de vidrio, en su interior. El conjunto crea un diálogo visual entre lo físico y lo intangible.

Las estructuras de hormigón funcionan como metáforas de las heridas internas que cargamos. Cavidades oscuras, semejantes a sumideros que conducen hacia lo desconocido, invitan a reflexionar sobre esos espacios emocionales que a menudo ocultamos o evitamos explorar. Son formas toscas que evocan los muros que el ser humano levanta para protegerse del dolor. Cada grieta y textura en el hormigón se convierte en un testimonio de nuestra fragilidad.

Por otro lado, los elementos que encontramos al asomarnos nos recuerdan que los traumas no solo moldean quiénes somos, sino también cómo habitamos el mundo.

La obra, con su presencia, nos habla del proceso de sanación como un viaje arduo pero necesario. Ofrece la posibilidad de reconciliarnos con nuestra fragilidad. Nos invita a reflexionar sobre los rincones oscuros que habitan en cada uno de nosotros, animándonos a aceptarlos y transformarlos.